Ir al contenido principal

Hugo Basilotta, el Willy Wonka de los argentinos

De irse 28 veces a Las Vegas a asentarse en la vorágine twittera a lo largo del 2019. Breve perfil de Hugo Basilotta, también conocido como el Willy Wonka argentino.

Por Dante Conti
Foto por Fernando de la Orden


—¡Estos alfajores los comíamos con Néstor en la Universidad de La Plata! ¡Era el almuerzo mío! —exclama Cristina Fernández de Kirchner en la quinta de Olivos.

El alfajor al que se refiere CFK -un año antes de dejarle el mando presidencial a Mauricio Macri- es el Guaymallén. El origen de su nombre se cree que es por el departamento de la provincia de Mendoza. Tiene su fábrica en Mataderos, barrio ubicado en el límite oeste de Capital Federal, más precisamente en las calles Martiniano Leguizamón y Pizarro. Ese alfajor que comía la expresidenta en sus épocas universitarias; el mismo que, según Los Caballeros de la Quema, hace larga la noche si se come de cena; el que meriendan los más chicos (y los más grandes) acompañado de una chocolatada o un vaso de gaseosa se hace, enteramente, mediante maquinaria industrial y sin intervención humana, salvo cuando es necesario dejarlos parejos y apilados o cuando ocurre alguna anomalía en el proceso.

En dicha instalación, la masa de la galletita es aplastada y llevada con una cinta a un horno donde, en tres minutos y medio, se cocina. Después de enfriarse naturalmente, otra máquina le escupe una bola de dulce de leche, la cual es aplastada por otra galletita agarrada por otra máquina. Otra le hace un baño de azúcar, leche en polvo y aceite vegetal mientras es llevada al túnel de frío. Lo que ahora es propiamente llamado “alfajor” pasa por otra cinta que lo atrapa en un envoltorio de plástico celeste y amarillo. Ya empaquetados, otra máquina los apila de a montones de veinte y los coloca en cajas blancas de cartón decoradas con palabras y colores acordes al sabor del alfajor: verde si es frutal, azul si es blanco, rojo si es el de dulce de leche y chocolate y marrón si es de maicena. Así, durante toda la jornada, haciendo que salga, por día, la friolera de dos millones de alfajores desde Mataderos hacia todo el país.

Cruzando la calle (y esquivando a los camiones proveedores), en otro edificio también de Guaymallén, está ubicada la oficina de Hugo Basilotta, el interlocutor de Cristina Fernández de Kirchner en aquella reunión en la residencia presidencial. La decoran la camiseta suplente de 2014 de Vélez Sarsfield encuadrada, una estatuilla de Tony Montana, una pila de libros entre los que se encuentran Monzón: la biografía definitiva de Carlos Irusta y Seis viajes a la luna de Horacio Pagani, fotos junto a Carlos Bianchi y José Luis Chilavert, un escritorio donde reposan tres alfajores triples de fruta, su iPhone X y algunas fotos de sus hijos y nietos. Él está dentro. Con el pelo engominado y tirado para atrás, dos anillos en la mano izquierda (uno de ellos el de compromiso) y otro en la derecha y tiene puesta una camisa bordó con rayas azul oscuro y negras con un paquete de Marlboro en el bolsillo, ubicado a la izquierda de la prenda.

En esa misma oficina es donde grabó tantos videos caseros destinados a hacer reír a los usuarios de las redes sociales. Porque, además de ser el director de Guaymallén, es su cara visible y su mejor publicista. Por Twitter le dicen de todo: que rompen la dieta por sus alfajores, que quieren ser sus nietos, que es un héroe nacional, que tiene que ser presidente, que necesitan una remera con su mítica frase “Sigamé, cameraman” (diga y léase acentuando la anteúltima sílaba) y que, por él, se comen sus alfajores así se los pase por zonas que al común de la gente le parecerían asquerosas.

“Yo lo respeto, pero no comparto”, dice en voz baja su esposa, Cristina Fernández (sí, igual que la expresidenta sin su apellido de matrimonio), que acomoda una poltrona negra, pregunta si el aire acondicionado molesta y se retira. Se conocieron a los catorce años en su barrio, Villa Luro, y los separaban las vías del tren Sarmiento. Cada vez que la menciona, no puede evitar elogiarla: “Es una leona… una leona. Es una mina espectacular. Como madre y como todo”.

Su padre, de nombre Ulpiano Fernández, era el dueño fundador de Guaymallén. Trabajaba en Avenida Corrientes y ganaba mucha plata vendiendo “cosas de campo”, pero a los treinta se cansó del centro y conoció a quien, muchos años después, sería la suegra de Basilotta. “Un día, caminando con su mujer por Constitución, vio un puesto que vendían alfajores caseros”, cuenta Basilotta. Dio la casualidad de que su cuñado era confitero. Ulpiano puso la plata y su cuñado se puso a hacer alfajores en una panadería que alquilaron en la calle Tandil, en el Bajo Flores. Ahí, en ese reducto de no más de veinte metros cuadrados, los alfajores Guaymallén comenzaron a ver la luz del día, convirtiéndose poco a poco, a partir de 1945, en el primer alfajor industrializado.

Su suegro lo echó tres veces de la fábrica. “Nunca por falta de respeto”, aclara Basilotta. “Estaba en la juventud, tenía otras ideas, otra fuerza… Por ejemplo, quería traer una maquinaria que me había encantado en una feria y me decía ‘¡¿Vos estás loco?! ¡¿Cómo vamos a invertir esta plata?!’”. Después la terminaban comprando, pero, claro, nunca sin un cruce friccionado entre ambos que implicaba que su suegro lo despidiera. Tampoco, sin que a la semana lo llamara para que volviera.

—¿Qué pensaría Ulpiano si viera tus videos en Twitter?
—Ohhhhhh, noooo… ¡estaría contento! Aparte de ser muy inteligente era un tipo que… nahhh, ¡tenía 95 años y usaba saco blanco! Siempre a la moda.

Sin embargo, sus videos en Twitter no fueron ni su primera ni su única inmersión en la publicidad no tradicional.

Es mayo de 2014. El boxeador santafesino Marcos “Chino” Maidana tiene una cita en Las Vegas. Lo espera, del otro lado del ring, con sus 68 kilos y 1,73 metros, Floyd Mayweather Jr. Pelean durante casi cincuenta minutos. Maidana pierde. Jim Gray, después de ver dificultada su entrevista con el ganador por los silbidos del público, se dirige hacia el argentino. “Los fans tienen una reacción distinta del resultado, ¿sentís que ganaste la pelea?”, le pregunta, en inglés, el periodista a Maidana, mientras éste abre un alfajor blanco. Cuando el traductor comienza su labor, el santafesino se acerca al micrófono y lo interrumpe. “One moment, one moment, one moment”, se apura y le pega un mordisco a la golosina. Con la boca llena y queriendo mostrar el envoltorio delante de la cámara, alcanza a decir: “Guaymallén”. Detrás, asomando su cabeza, está Basilotta.

“Fue una cosa tremeeenda”, vuelve él ahora. Basilotta siempre fue amante del boxeo. De hecho, fue amigo íntimo de Juan Carlos “Tito” Lectoure, uno de los dos fundadores del Luna Park, y viajó 28 veces a Las Vegas, la capital de las grandes peleas de ese deporte. “A mí me gustaron los noqueadores… siempre”, confirma. “Una vez, un conocido mío me dijo ‘mirá, hay un chinito en Santa Fe…’ y cuando lo vi, le vi algo especial… algo como para triunfar en Estados Unidos”. Él, después del fallecimiento de Lectoure, se había retirado de la sponsorización (algunos de sus patrocinados fueron Juan Martín “Látigo” Coggi y Pedro R. Décima), pero le había quedado la espina de nunca haber llevado a ningún argentino a Norteamérica. “Cuando lo vi en el Lawn Tennis, mi mujer se dio cuenta de que algo me había impactado. Fui con quien me lo había presentado y le dije: ‘Este pibe está para Estados Unidos’”. Le pasó el contacto de un amigo que tenía en Las Vegas y, después de varias peleas, le dijo: “Vos vas a pelear contra Floyd Mayweather”.

Como si fuera un mensaje profético, se cumplió. Lo de comerse un alfajor no tiene explicación. Él siempre le daba alfajores después de las peleas, pero no para que hiciera lo que hizo. “¡Papá! ¡Tendencia en las redes! Pero no en Argentina… ¡en el mundo!”, exclamaron al teléfono las hijas de Basilotta haciendo de antesala a una noche ocupada por llamadas de los medios argentinos.

—Lo que estás haciendo ahora con las redes sociales ni se compara con lo del Chino Maidana, ¿no?

—Y… mirá, lo del PNT del Chino Maidana fue valuado en 1.200.000 dólares y lo vieron treinta millones de personas…

Basilotta hoy es un influencer, en su rubro, pero influencer al fin. Sin embargo, tiene una particularidad: no actúa como un recluso aislado de los demás fenómenos virales. En estos últimos meses realizó varios featurings con otros personajes icónicos. ¿El más importante? Con Maximiliano Martínez, conocido en redes como “el enano asador bostero”.

Agosto de 2011. Los vientos inflacionarios ya habían comenzado a azotar al bolsillo de los argentinos. Saliendo de ver un partido de Lanús, un hincha encapuchado se para en frente a la cámara de TyC Sports y reprocha: “Quince pesos sale un paty acá. Con quince pesos… ¡con quince pesos me hago alto guiiiso!”. Junto a Christian de Lugano y la Verito, el “Alto Guiso”, se convirtió en uno de los primeros memes nacionales (Wos no inventó nada haciendo un billete con su cara). Ocho años después, noviembre de 2019, los vientos inflacionarios se convirtieron en huracanes. Alto Guiso ya no come más patys, pero sigue yendo a la cancha de Lanús y, en un reencuentro con el mismo canal (¡y el mismo notero!), responde qué se puede comprar hoy con esos quince pesos: “Ehhh, un Guayma-” Piiiiii. TyC Sports censura el nombre de la marca.

“Cuando me pasaron el video dije ‘Quiero conocer a Alto Guiso’”, dice Basilotta. Primero averiguó sus datos para contactarlo, lo invitó a la fábrica, le regaló alfajores y le dio empleo. Sí, le dio empleo. “Vino con la mujer y la nena en colectivo… ¡hacían 35 grados de calor!”. Al contrario de tomarse las declaraciones como algo despectivo, como una chicana de que con quince pesos sólo se compra un alfajor nacional, Basilotta se lo tomó como un elogio. La impronta de su marca es esa: ser un alfajor consumido por todas las clases sociales.

“Para nosotros, la venta ambulante fundamental”, afirma. “Elegimos nosotros mismos ir al mercado popular, que hoy es nuestro”. Aparte de ese altruismo que lo caracteriza y le hace enviar cajas de alfajores a quien se las pida (salvo a los influencers, a los cuales sabe oler y entender cuando le piden cosas por conveniencia), Basilotta se muestra empático con sus colegas del rubro. “Cuando le va mal a otro no estamos contentos. Yo tengo muchos amigos que tienen PyMes que la están pasando muy mal”.
Define su producto como uno que pasa todas las crisis (que en Argentina no son pocas). Un producto familiar, querible, que supo meterse en el corazón de los niños argentinos. Pero no sólo busca meter a su alfajor en el inconsciente colectivo como un producto cariñoso, sino que busca algo que pocos se dieron cuenta en sus videos. Como el mensaje encriptado de un thriller psicológico. “Yo lo que quiero decir es que, con el trabajo y la rentabilidad baja, aún así puedo comprarme ropa Versace”, comenta. “No hace falta ganar un 50% de rentabilidad… si vos más de dos bifes de chorizo por día no te podés comer”.

Ahora, se pone serio. “A mí me cargan. Porque nunca me gustó la noche… menos ahora”, dice, como si no fuera lo normal que a esa edad no guste salir.

—Vamos a comer para fin de año y después nos vamos a Tequila a tomar una copa —le dicen sus amigos— ¿Cómo que no, boludo? ¡No seas marica!
—Disculpenmé, ¿quién de ustedes fue 28 veces solo a Las Vegas? ¡A la capital del pecado!

Además, teme que, estando viralizado, cualquiera le arme una trampa para hacerlo ver mal delante del público y genere conflictos familiares. Porque, claro, él es consciente de su status actual. Es consciente de que su alfajor es consumido por los altos cargos políticos, por la clase media y la clase baja. Sabe que la gente que lo venera por Twitter es gente real. Sabe que del otro lado hay gente que espera cosas de él, ya sea lanzar un producto nuevo o regalarles alfajores. No por nada sacó a la venta la versión triple del dicotómico alfajor de frutas. No por nada está abriendo una fábrica nueva en Carlos Spegazzini, partido de Ezeiza, sin pedir préstamos bancarios y en plena crisis económica. Pero eso le preocupa. Basilotta está preocupado. Basilotta, por primera vez, le teme a las vacaciones de verano, época en la cual la fábrica cierra completamente.

—Bueno, podés probar a hacer los videos desde tu casa, ¿no?
—No, no… ¡la demanda! El alfajor baja la demanda en verano, pero con la repercusión de ahora no sé cómo voy a hacer. Además, probablemente el pan dulce esté muy caro…

Contrario a lo que podría pensarse de un señor que el 17 de diciembre cumple 69 años, está orgulloso del cambio de paradigma social que está viviendo el país en estos últimos años. Hijo de Salvador E. Basilotta, un oficinista que en su época de militar había llegado al rango de suboficial mayor, confiesa que jamás vio discutir a sus padres, pero que reconoce que se crió en una familia patriarcal, en un barco comandado por su padre.

Basilotta tiene haters, deja tutearse, está a favor de los pasos agigantados que están dando las mujeres junto al feminismo, apuesta por una Argentina con la grieta sellada y recalca, reiteradas veces, que tiene la fe puesta en la juventud nacional. Como si fuera una masa maleable que se adecúa a lo que el espacio y tiempo lo requiere, este influencer define el devenir del tiempo en una frase simple, que podría explicar el porqué de sus formas y su aparición en redes sociales: “Mi cuerpo es el que envejece, pero mi cerebro no”. Eso sí, tiene una tríada (ya no tan) secreta que funciona como fórmula infalible: tres vasos de whisky Blue Label, tres habanos Cohiba por semana y, obvio, alfajores Guaymallén.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Mis apuntes de Tan Biónica en el Movistar Arena Lo que leíste en el título loko. Lo que hay para agregar lo leés acá abajo. Foto: Irish Suárez / Gentileza prensa Desde sus cinco estadios en Buenos Aires (dos Vélez, dos Único de La Plata y un River), Tan Biónica no publicó un álbum nuevo ni estrenó una sola canción. No parecería haber motivo por el cual volver a hacer una gira. Pero no tiene que haber una razón específica: mientras se pueda, siempre va a haber una noche mágica más para regalar. En este caso, siete Movistar Arena agotados y repartidos en las primeras semanas de agosto. En lo que en los planes era la anteúltima (se anunció otra para mediados de octubre), 15.000 fanáticos vuelven a agolparse repartidos entre campo y plateas. Varios de ellos documentan el show (o bien la nuca y el pelo chivado del tipo que tienen adelante) con sus celulares. Y algunos otros aprovechan las canciones que marcan alto contenido meloso en el octógono del etiquetado frontal para envolverse...